Heliberto Chi Aceituno, un hondureño que estaba próximo a cumplir 30 años, fue ejecutado mediante inyección letal el 7 de agosto de 2008 en la Unidad Huntsville, en Texas, Estados Unidos, al cumplirse la sentencia de muerte dictada en su contra. Fue la ejecución número 411 del estado desde que se restableció la pena capital.
Chi había sido condenado por el asesinato de Armand Paliotta, de 56 años, gerente de una tienda de ropa y su antiguo jefe, durante un asalto ocurrido en marzo de 2001 en Arlington, Texas. El conductor del vehículo de escape, Hugo Sierra, hermano de la novia de Chi, recibió cadena perpetua. La defensa alegó además que al ser detenido en California nunca le informaron su derecho a pedir ayuda al consulado de Honduras, una batalla legal que llegó hasta la Corte Suprema en la misma semana en que fue ejecutado el mexicano José Ernesto Medellín.
Sus últimas palabras quedaron grabadas en la memoria de quienes lo acompañaron: «Señor, te entrego mi espíritu. Dios los perdone». A su primo Edgardo Aceituno, que presenció la ejecución tras el cristal, le dijo: «Te quiero, gracias por todo». Después comenzó a orar en español, cerró los ojos y quedó inmóvil. Fue declarado muerto a las 6:25 p. m., hora de Texas (5:25 p. m., hora de Honduras); el procedimiento duró unos minutos.
Su madre, Mirna Suyapa Aceituno, expresó entre lágrimas que su hijo había partido en paz y pidió a sus familiares en Honduras que no se dejaran vencer por la tristeza. Entre los testigos estuvo Ramón Valladares Reina, entonces director de Asuntos Consulares de Honduras, quien confirmó que esas fueron sus últimas palabras.
Dieciocho años después, el caso permanece como uno de los episodios más dolorosos para una familia hondureña, marcado por la fe, la despedida y la pérdida de un ser querido lejos de su tierra. ¿Recuerdas este caso?